OLGA  RUIZ
           
La cazadora de Snarks


He had brought a large map Representing the sea.
Without the lease vestime of land.
And the crew were much pleased
When they found it to be
A map they Could all understand.
Lewis Carroll
The Hunting of the Snark



De la risa que procura la imagen evocada por el texto de Lewis Carroll y del sorprendente mapa que le acompaña surge mi primera aproximación a este trabajo. El mapa es muy reductivo, evoca la referencia a un lugar a través de ciertas estrategias cartográficas que parecen volverlo verídico, pero al mismo tiempo es un enigma, al carecer de acotaciones concretas. Es un no-lugar, o es un cualquier lugar. El mapa indica finalmente como ir a ninguna parte. Vacío en su centro su borde está formado por cuatro lados que, a modo de marco, conforman una línea cartográfica sobre la que aparecen de manera organizada, una serie de referencias que nos permiten deducir que puede tratarse de un mapa “verídico”. Su disposición formal, su escueta presentación formal, contradice, sin embargo esta primera impresión. Es un mapa que no sirve para orientar al lector sobre un territorio físico determinado. En todo caso, le puede permitir moverse por un territorio imaginario cuyas ya no dependen de un contraste con la realidad verificada en la acción, sino acumulada en el imaginario. Un recorrido precario, por un lugar indeterminado, con un motivo incierto y con un mapa imposible.

Algo parecido creo que ocurre en la manera que tienen estas imágenes de evocar, de sugerir un lugar y convocar a sus habitantes. Tiene una localización geográfica concreta y una apelación específica que lo diferencia de otros lugares. Posee una identidad normativa que proviene de una ubicación específica y de una denominación concreta, es un sitio. Pese a ello se nos presenta como desconocido, de difícil ubicación y con señas de identidad fugaces, en permanente cambio, a punto de desaparecer.

Lucy Lippard alude al mapa y al arte que de él se deriva, como algo que es fundamentalmente una estratificación (overlay). “Es simultáneamente un lugar, un viaje y un concepto mental; abstracto y figurativo; lejano e íntimo. Los mapas son como las instantáneas de un viaje, una detención sobre la imagen. La fascinación que nos producen debe estar relacionada con nuestra necesidad de tener una vista de conjunto, de preguntarse y comprender donde estamos”. Y quienes somos. En el contexto del trabajo aquí presentado que podríamos definir como la relación entre el lugar y sus habitantes, como un estudio (visual) entre la capacidad conformadora del lugar y la identidad fugaz, periférica y alusiva, de sus habitantes, el mapa o mejor el mapeo como estrategia de acción (y coacción) sobre el entorno, nos ofrece una de las claves para comprender no solo el trabajo de Olga Ruiz, sino también y muy especialmente, estrategias de producción artística que son vertebradotas de muchas prácticas artísticas contemporáneas.

A las características plásticas y cognitivas propias del mapa habría que añadirle otras emocionales que se ven reflejadas de manera fugaz pero intensa en las imágenes que este trabajo ofrece de los habitantes de Lamiako. El racionalismo puramente cuantificador de un mapeo oficial, ortodoxo, se ve complementado con una vocación de exploración sobre la condición humana que contrapone decididamente la frialdad conceptual del dato ubicativo con el lirismo nómada que el deambular de la autora nos propone por el barrio.

Esa deambular descansa en un propósito que verdaderamente poco tiene que ver con el control normativo que un mapeo oficial suele ofrecer en una búsqueda de control sobre la ordenación del territorio y sus habitantes. En este caso, el propósito de su deambular y de su mirada se focaliza de manera aparentemente azarosa pero muy incisiva, sobre habitantes anónimos que despiertan un interés “documental” sobre lo que sucede en el barrio.

Si el propósito de un mapa es ser esquemático, selectivo, convencional condensado y uniforme, el mapeo que se realiza en esta obra es obviamente selectivo pero nada tiene de uniforme, convencional o esquemático. Es arbitrariamente objetivo en el enfoque de los habitantes del lugar.

Lo mismo podríamos decir del papel de “traductor” que el mapa juega y del papel de traducción que la autora nos propone. Mientras que el mapa ofrece la traducción del caos de los datos empíricos a un sistema homogéneo experimentado en términos de posición y distancia, el propósito de estas imágenes es transcribir la complejidad del lugar y de sus habitantes a través de un sistema de representación que nos permita imaginar y proyectar mundos alternativos. Lo que cuenta no es tanto lo que muestran sino lo que hacen. Evocan un mundo que está transformándose, desapareciendo, que nació en unas condiciones sociales y políticas muy específicas pero que como al resto de los barrios industriales se encuentra en un profundo proceso de remodelación emocional y geográfica.

El mundo se ofrece ahora para los artistas como un inmenso planeta-plató, según la expresión de N. Bourriaud. Una sucesión de escenas y de decorados a habitar, a explorar y a representar. La ciudad en este caso es una entidad susceptible de acoger, o de atrapar a unos habitantes y a sus manifestaciones puntuales. El mundo se presenta de esta manera como un vasto catálogo de tramas narrativas donde cada productor de imágenes selecciona perímetros específicos de acción para elaborar discursos que desde una perspectiva tan poética como política definen estrategias de intervención artística sobre lo real, describen mundos.

“La geografía de los artistas contemporáneos explora los modos de habitar, las múltiples redes en las que evolucionamos, los circuitos por los que nos desplazamos y, sobre todo, las formaciones económicas, sociales y políticas que delimitan los territorios humanos.” N. Bourriaud

La investigación artística se ha llevado al interior del delicado sistema de relaciones que se establece entre barrio y los habitantes del lugar. Ha fundado su práctica artística sobre una actividad concreta, registrar a través del medio fotográfico, la memoria de este ecosistema tan particular y sensible que es el barrio de Lamiako. No estamos hablando de un censo de archivo, hablamos de un registro que convocando a la memoria selecciona a través del encuentro fortuito a aquellos habitantes del bario que por sus características físicas y/o biográficas mejor destilan las incidencias vitales de la zona sobre el transcurrir diario de una vida.

Esta actividad concreta le ha llevado a indagar sobre las personas que la habitan y a entablar interpretaciones a mitad de camino entre el documento y la ensoñación, entre la verosimilitud y lo imaginario, entre la vida y el reflejo que el arte procura.

El acto de representación ofrecido por los “retratos” se convierte en un acto de interpretación donde la cualidad de cada uno de los personajes ofrecidos por las imágenes construidas por la autora, reposa tanto en la cualidad plástica como en la operatividad que se decanta de la verosimilitud de la imagen.

La fotografía como sistema significante y de representación le sirve para traducir la relación que establece con el barrio y sus habitantes a través de los medios propios de la imagen. El mundo, reflejado en el microcosmos del barrio, se presenta bajo la forma de un catálogo de tramas narrativas, de “pequeños” discursos, que nos acercan a las particularidades de una biografía, a los accidentes biográficos de cada uno de los personajes que aparecen retratados. Trabaja con los indicios ofrecidos por la vida cotidiana para establecer su versión de la realidad reflejada en los personajes que operando como seres imaginarios caza con el registro de su cámara fotográfica como si se tratara de Snarks seducidos por la luz.

                                                                           Jose Antonio M. Liceranzu